Juramento de los Servidores de la Vida
El legado del Dr. Jérôme Lejeune
El Profesor Jérôme Lejeune (1926-1994) no solo pasó a la historia de la ciencia por descubrir en 1959 la causa genética del síndrome de Down (la trisomía 21), sino que dejó un legado aún mayor: su inquebrantable defensa de la dignidad intrínseca de todo ser humano.
Como pediatra y genetista, Lejeune dedicó su vida a investigar para curar, enfrentándose a las corrientes utilitaristas de su época al ver cómo su propio descubrimiento científico comenzaba a utilizarse para evitar el nacimiento de los niños con esta condición. Su convicción profunda era que la medicina debe estar siempre al servicio del paciente más vulnerable.
En este contexto nace el «Juramento de los Servidores de la Vida». Redactado por el propio Lejeune a petición del papa San Juan Pablo II para la pontificia Academia por la Vida.
¿Qué principios defiende este juramento?
El valor absoluto de la vida: Reafirma que la vida humana debe ser respetada y protegida desde el mismo momento de la concepción hasta su término natural.
La medicina como vocación de cuidado: Recuerda que la misión primordial es curar, aliviar y consolar, rechazando cualquier práctica que atente contra la integridad del ser humano (como el aborto o la eutanasia).
La igualdad en la dignidad: Subraya que ninguna enfermedad, discapacidad o condición disminuye el valor de una persona.
Frente a una sociedad donde a menudo prima la técnica sobre la ética, las palabras de Jérôme Lejeune resuenan hoy con más fuerza que nunca, recordando que el amor y el respeto por el paciente son el verdadero corazón de la ciencia.
A continuación, presentamos el texto íntegro de este juramento fundamental.
«Ante Dios y los hombres, nosotros, los Servidores de la Vida, testificamos que todo miembro de nuestra especie es una persona. La devoción que cada uno merece no depende ni de su edad ni de la enfermedad que pudiera sobrevenirle; desde la concepción hasta sus últimos instantes, es el mismo ser humano quien se desarrolla, madura y muere. Los derechos de la persona son inalienables desde el principio. El óvulo fecundado, el embrión, el feto no puede ser donado ni vendido. No se le puede negar su desarrollo continuo dentro del cuerpo de su madre. Nadie puede someterlo a forma alguna de explotación. Nadie puede atentar contra su vida, ni su padre, ni su madre, ni ninguna autoridad. Por consiguiente, la vivisección, el aborto y la eutanasia, no pueden ser actos de un Servidor de la Vida.
Asimismo, declaramos que las fuentes de la vida deben ser preservadas. Patrimonio de todos, el genoma humano es indisponible. No puede ser objeto de especulaciones ideológicas o mercantiles. Sus particularidades no pueden ser patentadas.
Preocupados por perpetuar la tradición hipocrática y por conformar nuestra práctica con los preceptos morales del Magisterio Romano, rechazamos toda degradación deliberada del genoma, toda explotación de los gametos y todo desajuste provocado de las funciones reproductivas. Reafirmamos que el alivio del sufrimiento y la curación de las enfermedades, la preservación de la salud y la reparación de los errores de la herencia genética son el objetivo de nuestros esfuerzos, salvaguardando siempre el respeto de la persona».
Juramento de los “Servidores de la Vida”, escrito por Jérôme Lejeune en 1994 para la Academia Pontificia de la Vida.